Archivo para 3/06/08

03
Jun
08

Barras, broncas y mafias

por ALFREDO MOFFATT Revista LA MAGA (2002)

Vamos a comenzar analizando su nombre: “barras bravas”, barra quiere decir grupo afectivo, con intensa participación emocional, casi una familia ortopédica, y brava señala que son personas de acción y violentas. El habitante urbano en esta sociedad de masas está perdido en la multitud, podemos decir que se siente solo en el anonimato de la muchedumbre y además difícilmente es protagonista, especialmente frente a los medios de información masivos es un espectador pasivo. El componente de las barras bravas tiene pertenencia a un grupo y es protagonista. Esto no quiere ser una defensa de estos grupos, sólo explica por qué existen. En la barra se integran los más marginados y por lo tanto los que tienen más bronca.

Ahora hablemos de la bronca, producto del atropello laboral y de los sueldos de hambre. La violencia de la injusticia social no puede devolverse a quienes la originan, el sistema tiene leyes y policías que defienden a los poderosos y la bronca, la violencia sale por donde no debe, por ejemplo en la cancha de fútbol. Gritamos y nos desahogamos con gritos y puteadas; la cancha es un lugar de catarsis, de vomitar la injusticia. Las barras bravas llevan este juego al límite, a lo patológico, a veces a lo criminal.

La violencia y las barras bravas como modelo social existen en toda nuestra sociedad actual. La televisión es violenta, el tránsito también y hay barras bravas de corrupción en la Policía Bonaerense, en las mafias del oro, de la Aduana, hasta hubo barras bravas en el Ejército: los carapintadas.

La patota de adolescentes, génesis de las barras bravas, es para ellos una manera de no quedar aislados; la desocupación no los integra en la vida social, es volver a formas grupales primitivas.

Pero, recordando a Borges, “no nos une el amor, sino el espanto”. Vemos que el sentimiento que nos hermana hoy es más vulgar: “nos une la bronca”. Y las patotas, dentro y fuera de la cancha, son violentas y negativas socialmente. La patota es amor hacia adentro, entre ellos se defienden y se ayudan y odian hacia afuera, donde ponen al enemigo y lo agreden. Volviendo ahora al análisis psico-social de las barras bravas, vemos que son un importante factor de poder dentro del fútbol. Son un grupo de choque usado a veces por los directivos en sus luchas por el poder. Su propia naturaleza clandestina, informal, los habilita para hacer “aprietes” y extorsiones dentro de la guerra subterránea entre jugadores, directivos, referís, etc.

También constituyen un grupo de choque usado por políticos fuera de la cancha. Algunas barras bravas son pequeñas empresas que podrían llamarse “Extorsionistas Asociados”. Para eso tienen una organización operativa muy eficiente con un gran jefe y caciques menores que ordenan y planifican la acción con la eficiencia de un comando de elite.

Cuando yo era pibe, las hinchadas eran entusiastas, había alguna pelea a trompadas y forcejeos, pero el fútbol era una fiesta deportiva, las lealtades eran emotivas, un jugador era siempre de Ríver o de Boca, no había pases millonarios, “el corazón no estaba en venta”. Pero nuestra pobre Argentina cambió, nos vendieron, y nosotros compramos un modelo de sociedad individualista, competitiva y violenta.

Rescatemos que también la barra brava tiene partes positivas, en la ceremonia del partido es la que inicia la chispa del aliento a los jugadores que luego se contagia a toda la hinchada, llevan las banderas y arman los cantos, son parte del folclore de nuestro tiempo. El fútbol es un escenario que refleja al ser masivo, el retrato de la época es un espejo de lo que pasa en la sociedad y en esta época de explotación laboral, injusticia, corrupción y circo, la fiesta futbolera se parece algo al circo romano y es un negocio millonario que deforma el espacio estrictamente deportivo.

Como reflexión final, diremos que la violencia está condenada a aumentar en proporción a la feroz marginación, desocupación y situaciones límites que llevan a algunos sectores a formas de supervivencia violentas, de modo que la violencia en el fútbol y las barras bravas no se puede solucionar con la represión policial, que genera como reacción más violencia (es querer apagar el fuego arrojando nafta). La otra solución opuesta sería (en un delirio terapéutico) poner cientos de psicólogos en la cancha para que los violentos elaboren sus traumas infantiles y se porten bien pero tampoco serviría, porque la bronca y la frustración nos indignan, son reales y concretas, aunque las barras bravas, compuestas en general por los más excluidos de la sociedad, lleven esta descarga a extremos inaceptables y delincuenciales.




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