12
Dic
08

Barras bravas, una perversión millonaria

Por Sergio Zabalza

Si el fútbol es una de las expresiones privilegiadas de nuestra práctica social en Argentina, el brutal asesinato de Martín Gonzalo Acro exige indagar qué desvarío se agita tras el demencial conflicto que enfrenta a dos bandos de una misma hinchada. Quizás podamos obtener insospechadas conclusiones acerca de las coordenadas que pautan el transcurrir de la polis.
Por lo pronto, al analizar esta violencia que surge conforme a una lógica que desborda toda previsión y recaudo, transgrede los poderes instituidos e incluso amenaza con fagocitar al espectáculo del cual se alimenta, lo primero que aparece es la “declinación de las insignias”. En efecto, ya no se trata de un enfrentamiento entre hinchadas rivales. Ahora son los hijos de un mismo padre quienes transgreden el pacto de convivencia y mutuo respeto que ordena la vida del clan y asegura su permanencia.
No en vano, el filósofo italiano Roberto Espósito opone inmunitas[1] a comunitas para señalar que estamos en el tiempo en el cual se vive sin deudas.

No hay menester de mucho recorrido para llegar al Totem y Tabú freudiano y concluir que hay una subjetividad en ciernes inmune a la deuda simbólica que nos constituye en tanto miembros de una comunidad.
Hoy el fútbol es el significante privilegiado que revela toda una eficaz estructura de fragmentación social. Porque más allá de las prebendas, los resortes mafiosos y el clientelismo que rodea al deporte más popular de la Argentina, lo que se agita en este conflicto es un ansia de satisfacción cuya desmesura se reproduce en sintonía al encierro que caracteriza a estas bandas. (Por lo pronto en la 1º “B” Nacional –segunda categoría– ya han prohibido ingresar a la hinchada visitante, sutil manera de eliminar la alteridad, ciertamente…)

Ahora bien, si al criticar la ilusión emancipadora que agitaba a los estudiantes del mayo francés Lacan expresaba: “Mírenlos gozar”[2] y -años después- las “metástasis del goce”[3] hacían que Slavoj Zizek denunciara el multiculturalismo[4] que aplasta la diferencia subjetiva en pos de una delirante autonomía, hoy bien podemos sospechar de muchos que agitan la bandera del pluralismo y sin embargo -abierta o solapadamente- pretenden transformar la “inmunidad” que los anima en impunidad para la “banda” de asesinos que gobernó este país durante el terrorismo de estado. (En este punto, el recurso de la “inmunidad” parlamentaria que algunos genocidas han esgrimido hace ocioso todo recurso a la metáfora)

Se trata del ideal liberal que bien puede estallar con un vecino francotirador en el barrio más lujoso de Buenos Aires, entre los nenes protegidos de un club millonario que perdió el rumbo o a través de las delirantes promesas de seguridad que amenazan con transformar algunos barrios de esta ciudad en countries donde los poderosos se encierren para gozar de sus bienes sin ser estorbados por los parásitos que ellos mismos alientan a llevar a cabo las tareas sucias que sus negocios requieren.

Por eso, este conflicto futbolero hace metástasis en otros campos de la ciudad. En un magnífico artículo titulado “El trabajo de zafar”[5], Cristián Alarcón recogía el testimonio de una joven adicta al paco que, en su proceso de recuperación, hablaba de “La Ranchada” -tal como se denomina al grupo de pares con que se practica el consumo-:

“Yo me fui de mi casa y paraba en una ranchada, era mi lugar de escape, era mi coartada (…) Estábamos todos en la misma. Fumando. Nadie podía hacer otra cosa, estábamos todos haciendo lo mismo. En la ranchada no se puede ser uno mismo, ser diferente, tienen que ser todos iguales. ( …) Es el juego que vos estás jugando. Es un juego de muerte y vos sabés las reglas del juego, sabés que mata”

Por su parte, aquellos que han tenido el privilegio de asistir a las clases de Ignacio Lewkowicz, seguramente recordarán la metáfora que este historiador gestó para nombrar situaciones en que la subjetividad supuesta para habitarlas no está forjada: “el galpón”. En un texto sobre la destitución en la infancia decía:

“Un galpón es un recinto a cuya materialidad no le suponemos dignidad simbólica. La metáfora del galpón nos permite nombrar una aglomeración de materia humana sin una tarea compartida, sin una significación colectiva, sin una subjetividad capaz común. Un galpón es lo que queda de la institución cuando no hay sentido institucional: los ladrillos y un reglamento que está ahí, pero no se sabe si ordena algo en el interior de esa materialidad. En definitiva, materia humana con algunas rutinas y el resto a ser inventado por los agentes. Así como en tiempos del Estado-nación pasábamos de institución en institución, hoy, en ausencia de marco institucional previo, se permanece en el galpón hasta que no se configura activamente una situación. Pero eso ya no depende de las instituciones sino de sus agentes”.[6]

Días pasados, al intentar reivindicar a los barra bravas, la madre de uno de los líderes de los bandos en pugna expresaba que los mismos constituyen grupos de pertenencia donde los jóvenes se nutren de amigos y relaciones. Ojalá pudiéramos convenir con las palabras de esta persona.
Cuando sugerimos que el conflicto de los barra bravas revela “la declinación de las insignias”, estamos diciendo que las identificaciones que Freud había dirimido en su Psicología de las masas para explicar la manera en que un grupo se cohesiona en torno al amor por el líder, ya no responden a esta subjetividad emergente. No hay amor ni lucha por una causa en la “ranchada”, en la barra brava ni en los barrios seguros que promete el liberalismo a expensas de la miseria que aguarda a nuestra gente joven en “el galpón”, sino tan solo puro empuje a gozar.

El mismo con que la fiesta menemista toleró, permitió y alentó al narcotráfico que finalmente, hace poco menos de un par de años protagonizó, durante una procesión religiosa en el mismísimo Bajo Flores[7], un enfrentamiento entre bandas antagónicas que bien podría haber ocupado el set de filmación de un Cóppola, Scorsese o Tarantino. Perversión generalizada y millonaria.
Al igual que las maras de Centroamérica estas bandas vehiculizan la violencia propia del cuerpo social fragmentado. La misma que Jacques Lacan avizoraba en su texto La agresividad en psicoanálisis[8] muchos años ha.

Aunque el trabajo de vincularse -tal como decía Lewkowicz- sea “ casi artesanal y angustiante”, si algunos como Colette Soler[9] expresan que el lazo social detiene la perversión generalizada, bien podríamos intentar -para retornar de la inmunidad a la comunidad- abrir la cancha y así otorgarle una chance al Otro.

Referencias

[1] Roberto Espósito, Inmunitas: protección y negación de la vida, Katz editores, Buenos Aires, 2004

[2] Jacques Lacan, El Seminario: Libro 17, “El reverso del psicoanálisis”, clase 2 del 3 de diciembre de 1969, diálogo con un desconocido.

[3] Slavoj Zizek, Metástasis del goce,

[4] Slavoj Zizek, Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional (1997)

[5] Cristian Alarcón, “El trabajo de zafar” en Página/12, domingo 5 de agosto del 2007, pag. 22.

[6] Ignacio Lewkowicz, “Sobre la destitución en la Infancia”,  Página/12 del 4 de noviembre del 2004.

[7] Diario Clarín del 5 de noviembre del 2005.

[8] Jacques Lacan, “La agresividad en psicoanálisis” en Escritos 1

[9] Colette Soler, Síntoma y lazo social en La maldición sobre el sexo, Manantial, Buenos Aires, Argentina, 1997.

Fuente: elsigma.com
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