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Mar
09

Barras bravas desenfrenadas

Durante los últimos días, las acciones de las barras bravas llegaron a extremos intolerables en un Estado de Derecho.

Estos conocidos y detestables grupos incurrieron aquí en desenfrenados atropellos que merecerían ser sancionados con todo rigor, aunque es dudoso que así ocurra. Sus delitos, por supuesto, ya trascendieron nuestras fronteras y sumen en el descrédito al más popular de nuestros deportes.

En el estadio de Huracán, uno de esos delincuentes disfrazados de hinchas pretendió ingresar armado en las tribunas y, cuando la policía intentó detenerlo, sus compinches iniciaron un descomunal desorden, que terminó con alrededor de setenta de ellos detenidos y varios agentes lesionados. En el mismo lugar, quienes se identificaban con Independiente enarbolaron banderas paraguayas y bolivianas en las que habían pintado el número 12, además de entonar cánticos procaces y discriminatorios contra esas colectividades, con los que pretendían desmerecer al Club Boca Juniors. El lunes, al llegar a su primer entrenamiento semanal, los futbolistas de Racing se toparon con amenazantes carteles y pintadas que no sólo les requerían mayor entrega deportiva, sino que exhibían amenazas del calibre de “Va a haber balas para todos”. Y, finalmente, el martes se informó que dos barrabravas de Vélez serían cómplices de una banda de secuestradores integrada por policías federales que revistan en la comisaría 44a.

Quien va a un partido de fútbol ocultando un arma de fuego lo hace, sin duda, con malas intenciones. A la conducta discriminatoria de los simpatizantes de Independiente se suma una ignorancia rayana en la estupidez. El comportamiento de las parcialidades de Racing, que también agredieron a los futbolistas de viva voz, y Vélez podría ser encuadrado en esa descarada criminalidad que ya ha caracterizado a las barras bravas en otras penosas oportunidades.

Este descarnado relato evidencia que esas bandas han sobrepasado todos los límites. Es tal su impunidad que hasta parecerían haber llegado a la convicción de que para ellas no existen frenos morales o institucionales.

Claro está que para eso han contado con apañamientos incomprensibles. Un jugador de Racing juzgó públicamente que las amenazas eran “normales” y el propio vicepresidente de esa entidad intentó ponerle paños fríos a la gravísima inconducta, al aducir que los barrabravas tienen prohibido el acceso a la sede social, pero ocurre que sus amenazas verbales y escritas fueron vertidas en la cancha auxiliar del estadio, adonde, al parecer, no tuvieron inconvenientes para ingresar. Respecto del infame acto racista de simpatizantes de Independiente, contrario a lo expresamente consignado en nuestra Constitución nacional y al sentimiento mayoritario de todos los argentinos, es prudente señalar que los propios dirigentes de esa entidad se apresuraron a rechazarlo.

Sin embargo, esas reacciones frente a la barbarie todavía son escasas y endebles. Las barras bravas sobrevivirán, por temor o por encubierta complicidad, por acción o por omisión, en tanto sigan recibiendo favores de los futbolistas y de las dirigencias del fútbol. Mientras esos grupos cuantitativamente minúsculos, pero poderosos por sus acciones y su impunidad, continúen apareciendo en los cotejos jugados en el exterior, aunque no dispongan de recursos para financiar tales excursiones; mientras sigan siendo utilizados como fuerzas de choque -en el deporte o en la política-, guardaespaldas o caudal electoral; mientras sean habilitados para realizar actividades comerciales dentro de los clubes; mientras reciban ropas deportivas y entradas de favor para revenderlas, y roben y vendan droga en las tribunas, podrán mantener lozana esa triste fama que han sabido merecer y de la cual se jactan con inaudita soberbia. Y más penoso aún es tanto desquicio si se tiene en cuenta, como es por todos sabido, que en otros países -Gran Bretaña lo hizo con sus no menos feroces hooligans , por ejemplo- desaparecieron no bien hubo plena voluntad de erradicarlos.

Fuente: La Nación
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