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Abr
10

Mundo Barra

De un lado se habían sentado los policías. Del otro, miembros de organismos de derechos humanos. El especialista holandés Otto Adang sintió que había un muro entre ambos sectores. Se puso un gorro de River y una bufanda de Boca. “¿Pueden levantar la mano los hinchas de Boca, por favor?”, solicitó Adang. “¿Y los de River?” Pidió entonces que los hinchas de Boca se sentaran a su izquierda. Y los de River a su derecha. Policías y activistas de derechos humanos se mezclaron unos con otros. “Ahora ?siguió Adang? quiero que los de Boca discutan entre ustedes y me encuentren dos puntos positivos de River. Y a los de River dos puntos positivos de Boca.” Un primer muro había sido derribado. Adang sintió que así le sería más fácil comenzar a explicar su propuesta.

Ocurrió el 6 de octubre de 2004, en la Biblioteca Nacional. Fue la primera visita de Adang. En su penúltima visita, en marzo de 2009, Adang, entrevistado por el diario Olé, fue más que claro: “La solución europea en la Argentina ?dijo el especialista? es impracticable. Allá los hooligans estaban concentrados en grupos marginales sin relación con el sistema. Acá los barras están vinculados al negocio de manera sorprendente. Tienen pases de jugadores, manejan el merchandising en las calles, estacionamientos, venta de drogas y tienen vínculos con el poder político que asombran. Por eso, el problema en la Argentina es mucho más grave que en el resto del mundo, porque acá hay que cambiar todo el sistema. Mientras eso no ocurra, es naíf pensar en reeducar a los barras o generar un vuelco total desde la educación”. Adang vino a la Argentina en el marco de acuerdos a nivel de gobierno con Holanda. Formó aquí un grupo de observación integrado por fiscales, funcionarios de seguridad, sociólogos y miembros de ONG. Más de ochenta participantes y más de veinte organizaciones e instituciones diferentes que observaron quince partidos en tiempo real. Trabajaron en Córdoba, Santa Fe y en la ciudad de Buenos Aires. El relevamiento sirvió para establecer políticas tendientes a lograr que la pasión del fútbol deje de ser un escenario de guerra en la Argentina.

Holanda también tiene sus problemas. Los choques ya casi no suceden dentro de sus modernos estadios, con aficionados todos sentados, entradas personalizadas, decenas de cámaras de vigilancia, infiltración policial para prevenir incidentes y seguridad privada (stewards) en las tribunas. Clásicos como Ajax-Feyenoord suelen jugarse al mediodía para evitar problemas. Algunos partidos se disputan sin hinchadas visitantes. La de Feyenoord está entre las más peligrosas de Europa. En 1989 lanzó dos bombas caseras que hirieron a 19 aficionados en el estadio de Ajax. El sector más radical del F-Side mató a un hincha de Ajax en una célebre batalla pactada en un descampado, un día que ni siquiera había partido. Hace unos años amenazó con cuchillos a jugadores rivales y obligó a suspender un clásico de inferiores contra Ajax. Feyenoord fue expulsado en 2006 de la Copa UEFA por los incidentes de sus fanáticos. Y aún hoy, cuando se refieren a Ajax, un club identificado con la comunidad judía, los hinchas de Feyenoord hacen un largo “sssh” que busca copiar el sonido de las cámaras de gas de los campos de concentración nazis y luego cantan: “Hey, hey, hey, here comes the train”, diciendo que llega el tren desde Auschwitz. Los hinchas de Ajax deben combatir también contra los de Den Haag desde fines de los 80, cuando éstos tiraron bombas al estadio y suspendieron 45 minutos un partido, mientras en las tribunas había pura batalla. Hinchas de Ajax incendiaron en 2005 la sede del Den Haag y quisieron quemar a dos hinchas, lo que obligó a declarar el estado de emergencia. Hace sólo dos semanas, los hinchas de Utrecht entonaban cantos antisemitas contra los de Ajax en viaje al estadio. El tren fue detenido y obligado a retornar al punto de salida.

Adang trabajó en distintas Eurocopas y asesora a la policía holandesa para que vigile respetando los derechos humanos en los partidos. Esa es su intención también en la Argentina. Su discurso, la semana pasada, en su última visita, abogó por “un desarrollo confortable de los espectáculos futbolísticos”, reformas necesarias en los estadios y por una policía “amigable, pero firme”, que sepa comunicar y negociar y utilizar también “mecanismos de resolución de conflictos alternativos y creativos para evitar escaladas de violencia”. Los “mecanismos creativos”, aclara Adang, no comprenden la entrega de boletos ni viajes pagos. Tampoco contratar a las barras como seguridad interna en los estadios. Y mucho menos pagarles viajes al Mundial. Eso, me dice, no es “creatividad”. En Córdoba y en Santa Fe, todos los sectores asistieron y comprometieron su acuerdo. No fue igual en Buenos Aires. Faltaron policía y clubes, actores centrales para que cualquier acuerdo prospere. La metodología acordada comprende hasta la forma de cacheos a los hinchas en el ingreso en las canchas para evitar cualquier forma discriminatoria. Enfatiza “el carácter esencialmente preventivo de la seguridad”. Y aboga por un tratamiento humano porque el maltrato, muy cotidiano en nuestras canchas, ya es de por sí una forma de violencia.

Adang me recibió el viernes pasado en un hotel de Barrio Norte. Tres horas antes, habían asesinado en Rosario a Roberto “Pimpi” Camino, ex líder de la barra de Newell?s. Fue el cuarto asesinato en el fútbol argentino en el mes de marzo. El quinto del año. El número 249 en 87 años. Ninguna de las cinco muertes de 2010 se produjo dentro de una cancha. Y cuatro de ellas fueron por disputas internas. La violencia en el fútbol, es cierto, no es patrimonio argentino. La misma semana pasada fue asesinado un hincha en Colombia y otro en Francia, este último también fruto de una disputa interna de la barra del Paris Saint-Germain. La crónica superficial habla de batalla entre las facciones de la Autevil y los Kops. Otras lecturas podrían ampliar al decir que ambas barras perdieron favores y espacios, y que, sin líderes con los cuales negociar, entraron en el descontrol. Y que los Kops son fascistas, y la Autevil, inmigrantes. Y que ese conflicto no es de un estadio, sino que es de las calles de París.

La violencia en el fútbol argentino parece aún más compleja. Si al barra no lo protege el club, lo protege la policía y si no lo protege la policía, lo protege algún sindicato y si no lo protege algún sindicato, lo protege algún político. El “Pimpi” Camino venía de cumplir prisión por el homicidio de su esposa, cuando en 2002 asumió a los tiros el liderazgo de la barra, de la mano del presidente Eduardo López. Desde entonces, hubo ocho asesinatos dentro del mundo barra de Newell?s. Camino sólo volvió a caer preso a fines de 2009, por los destrozos en la sede del club tras la derrota electoral de López y luego de permanecer tres meses prófugo, “a cobijo del Sindicato de la Carne”, según dice La Capital, de Rosario. Sin López, Camino, sugieren las investigaciones judiciales, se dedicó a la venta de cocaína y pisó territorios que ya tenían dueño. El mismo policía que lo había detenido el año pasado en Buenos Aires (el sargento primero Alejandro Urquiza), hombre de confianza del jefe de la policía de Santa Fe, permaneció en el bar en el que estuvo Camino la madrugada fatal. Allí trabaja un policía exonerado. Urquiza se fue apenas un rato antes. Cerca de las seis, Camino salió a la calle junto con dos jovencitas para atender una llamada. Lo fusilaron con cinco balazos. Los dos primeros en las piernas y los otros tres, cuando ya estaba en el piso, de la cintura para arriba. El último traspasó el tórax y le perforó el corazón. Las crónicas hablan de zona liberada y dicen que cuando arribó la policía, el lugar había sido baldeado. Camino ya no gozaba de entradas, viajes, alquiler del microestadio cubierto y concesión de pileta. Y mucho menos de los derechos federativos de los pibes del club.

Lionel Messi se inició en las inferiores de Newell?s, en plena gestión de López. Su padre se lo llevó al Barcelona cuando tenía 13 años. Si Leo seguía en Newell?s, el “Pimpi” Camino bien podría haber sido dueño de su pase. Adang sabe que así es el mundo barra del fútbol argentino. Pero insiste en su tarea formativa. Prevenir, educar y respetar. Para que nuestras canchas algún día dejen de ser el Far West.

fuente: La Nación
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